divendres, 13 d’octubre de 2006

Sobre algunas de las actuales direcciones de escena

Foto: Escena primera del primer acto de "Un Ballo in Maschera" de G. Verdi, dirigido escénicamente por Calixto Bieito.

Queridos blogueros operísticos, saben Uds. muy bien sobre qué pretendo escribir. Actualmente, en los teatros de ópera europeos, una buena parte de puestas en escena obvian no sólo la tradición sino hasta las directrices del mismo autor y representan adaptaciones libres y personales, más o menos rompedoras, a criterio del director de escena de turno, lo que es visto con escándalo por unos y por agrado y regocijo por otros. Así pues, después del estreno de algunos montajes polémicos y provocadores, parte de público expresa su rechazo frontal con fuertes broncas mientras que otra parte del mismo público aplaude entusiasmado la iniciativa.
¿Cuál es el límite? ¿Debe existir alguno?

Directores artísticos de grandes teatros como Joan Matabosch expresan su opinión afirmando:

Lo importante de una puesta en escena no es su originalidad ni su modernidad sino su capacidad de potenciar y hacer accesible el sentido de la obra. Se puede revelar el sentido de una obra con vestuario de época o actual, con decorados más figurativos o con espacios escénicos más abstractos. Todas las vías son aceptables siempre y cuando lo que se nos explique sea la obra. Es decir, no vale todo. No sirve la primera pulsión esteticista, provocadora o megalómana del director de escena de turno, como sucede con frecuencia, sino que únicamente es aceptable la solución escénica que sirva al sentido de la obra. Desde luego que no me refiero a la literalidad de la obra, sino a lo que expresa esa literalidad. Es por este motivo que a veces producciones literales pueden ser profundamente hostiles a la obra; mientras que determinados cambios pueden ser extremadamente pertinentes para desvelar el sentido de la misma.

Eso está muy bien y creo que lo podríamos subscribir prácticamente todos. Pero el sentido de una obra no recae únicamente en su parte argumental, literaria o dramatúrgica sino también y, fundamentalmente para mí, en su parte musical. Pero nadie, al menos que yo haya leído o escuchado, se refiere a que la puesta en escena sea respetuosa o, al menos, compatible con la música. No puedo aceptar que la estética de una escena determinada se contradiga con la estética y el sentimiento musical que me suscita la música de la misma. Ya sé que me dirán que ello es muy subjetivo y que no se pueden hacer direcciones de escena a gusto de cada uno. Es obvio, pero estoy expresando mi opinión y por tanto necesariamente subjetiva. Creo, sin embargo, que los amantes de la música me comprenderán perfectamente. Por ejemplo, la música de Mozart puede llegar o no, pero nunca jamás es vulgar. Sin embargo en la producción del Don Giovanni dirigido por Bieito, había escenas de vulgaridad supina, ¿Cómo puede casar una cosa con la otra? No puede, el divorcio es evidente. Otro ejemplo, en el “Ballo in Maschera” de Verdi, dirigido escénicamente, ya hace unos años, por Calixto Bieito, pudimos ver en el inicio del segundo acto una escena muy realista sobre la agresión y posterior sodomización y asesinato por estrangulación de un soldado. Ello tenía una cierta lógica argumental ya que, después de la muerte del actor, hacía más creíble la imagen del lugar e ilustraba de manera realista el inicio del aria “Ecco l'orrido campo ove s'accoppia al delitto la morte!”. Mientras esto ocurría sonaba el preludio del segundo acto con la conocida melodía que precede al aria de Amelia. Mucha gente se escandalizó y algunos hasta se marcharon del teatro. A mí también me molestó, pero no por la escena en sí, que en el cine o en otras circunstancias me hubiera parecido hasta interesante, sino porqué el desarrollo de la misma estaba sencillamente en contradicción estética y “sentimental” con la sugerente melodía expresada en aquellos momentos por la cuerda ¿la recuerdan?

Foto: transcripción al piano de la melodía interpretada por la cuerda antes del aria de Amelia

He podido observar (suelo ser bastante observador) que, en general, los más aficionados a la música suelen ser más conservadores en lo escénico. En cambio, los más aficionados al teatro son los más entusiastas ante la ruptura de moldes.

Foto: Calixto Bieito

Es relevante aquí recordar que en el transcurso de una entrevista, con motivo del estreno de su producción del Don Giovanni de Mozart, Calixto Bieito, paradigma del director escénico provocador, aunque él lo niegue, con los escándalos más sonados del teatro lírico de los últimos años en su haber, reconocía que la música de la ópera con la que trabajaba le traía sin cuidado. Por cierto, no hay nada personal en mi crítica a Bieito, sólo se trata de afirmaciones de aficionado. Al contrario de lo que pueda parecer, el Sr. Bieito y yo hemos mantenido siempre una muy buena relación y espero mantenerla en el futuro. Él sabe que puede contar conmigo para lo que necesite.

Siempre he dicho que la “cosa escénica” es para mí secundaria y que me interesa más la parte interpretativo-musical y que, en general, me suelen gustar todas las producciones a menos que sobrepasen cierto punto y me lleguen a molestar. Pues bien, queda claro que este cierto punto me llega cuando la escena entra en contradicción con la música. Et voilà (como dicen los franceses).

Propongo que los responsables de dirigir escénicamente una ópera sean necesariamente respetuosos con la música y para ello es imprescindible que la conozcan, sean sensibles a ella y la entiendan. Ya que he puesto el ejemplo de Bieito como director no atento a la música, déjenme poner como ejemplo de lo contrario un actual director de escena, el belga Gilbert Deflo, bien conocido del Liceu, también polémico en algún montaje, pero siempre sensible a la belleza y al sentido de lo musical.

Foto: Gilbert Deflo

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