dilluns, 8 de gener de 2007

Manon Lescaut en el Liceu

Segundo acto. Foto de Antoni Bofill.
Ayer tarde asistí al Liceu para ver la Manon Lescaut de Giacomo Puccini, que se presentó bajo el siguiente reparto:

Manon Lescaut: María Guleghina
Lescaut: Robert Bork
Renato Des Grieux: Hugh Smith
Geronte: Enric Serra
Edmondo: Israel Lozano
Hostelero/Comandante de Marina: Alberto Feria
Un músico: Agata Bienkowska
Maestro de baile: René Kollo
El farolero: Josep Ruiz
Un sargento de arqueros: Ricardo Ferrari

Dirección musical: Renato Palumbo
Dirección de escena: Liliana Cavani
Escenografía: Dante Ferretti
Vestuario: Gabriella Pescucci
Iluminación: Gianni Mantovanini
Producción: Teatro alla Scala (Milán)
Orquesta Sinfónica y Coro del GranTeatre del Liceu de Barcelona
Dirección del coro: José Luís Basso

Después de tanta dirección de escena “rompedora”, uno se siente reconfortado ante la producción de Liliana Cavani, totalmente respetuosa con la época, el argumento y la música, con bellos y funcionales decorados que hicieron las delicias de los aficionados. Acertado el vestuario y muy buena la dirección de actores.
La dirección musical de Renato Palumbo fue precisa y expresiva con arrebatos orquestales apasionados como corresponde a la música de Puccini. Obtuvo un sonoro éxito. Además, cosa muy importante, los profesores de la Orquesta estaban encantados con él.
Por sus características especiales, voy a empezar hablando del tenor norteamericano Hugh Smith. Este buen señor, que substituía al tenor ruso Sergej Larin, presenta una grandísima humanidad, en el sentido más físico, orondo y voluminoso del término. Escénicamente interpretó un Des Grieux afeminado que hacía absolutamente increíble el personaje. Desde el punto de vista canoro, representó todo aquello que un buen cantante no debe hacer jamás: cantó con la voz desapoyada, agarrada en la garganta, engolada y apretada en los agudos, caída en el centro e inaudible en los graves. Tan pronto cantaba de falsete como apretaba hasta que le temblaba el cuerpo. Lo que sí es seguro es que este hombre tiene unas facultades enormes ya que, a pesar de hacerlo tan mal, logró terminar la representación sin atisbos de afonia: casi un milagro. Durante los saludos obtuvo un claro y sonoro abucheo que encajó deportivamente.
María Guleghina, la gran soprano dramática ya bien conocida del público del Liceu, estuvo espléndida desde el punto de vista vocal y escénico. Se la veía molesta o enfadada con el tenor que le tocó de turno. Interpretó el papel con musicalidad y buen gusto, exhibiendo un gran sentido dramático que se hizo bien evidente en el aria del último acto “Sola, perduta, abbandonata…”. Estuvo ligeramente calante en el último agudo de esta aria, cosa que no empañó en absoluto su excelente interpretación.
El barítono norteamericano Robert Bork, muy conocido también del público de Barcelona, interpretó un Lescaut de excelente presencia escénica, de gran y noble voz, muy bien colocada y emitida. Fue la afortunada antítesis de la prestación del tenor.
El Edmondo de Israel Lozano sorprendió por su buena y bien timbrada voz y su excelente prestación artística. Espléndido Josep Ruiz en el papel del farolero. Qué lástima que no le ofrezcan papeles más interesantes. El papel de Geronte fue servido correctamente por el veterano e incombustible barítono Enric Serra. Muy bien cantado el papel del músico por parte de Agata Bienkowska que exhibió un bella voz de soprano lírica. Alberto Feria lució una voz de bajo de un timbre y volumen sorprendentes en las breves aportaciones correspondientes a los dos roles que representó.
René Kollo, el otrora gran divo tenor, se resiste a jubilarse y prestó su talento al papel de maestro de baile con eficacia vocal y escénica.
Excelentes el coro y la orquesta del Teatro.
Tercer acto. Foto de Antoni Bofill.

Finalmente les contaré que debido, supongo, a las características de los cambios escénicos, se hicieron tres entreactos. Ello tiene el inconveniente de que la función acaba más tarde, pero creo que son mayores las ventajas: por un lado se potencia la relación social entre los asistentes, el servicio de bar de la Casa hace una mejor caja, los prostáticos (que los hay en una nada despreciable cantidad) se alegran de poder aliviarse más a menudo y, lo que es más importante, los frecuentes descansos benefician a los músicos, especialmente a las cuerdas, en el sentido de minimizar la posibilidad de lesiones por sobreuso.

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